Los seres humanos somos una especie profundamente social.
Durante miles de años pertenecer a un grupo significaba sobrevivir.
Ser aceptado significaba protección.
Ser excluido significaba vulnerabilidad.
Por eso aprendimos a adaptarnos.
Desde muy pequeños observamos nuestro entorno y descubrimos qué comportamientos son aceptados y cuáles no.
Aprendemos qué partes de nosotros generan aprobación.
Qué partes generan rechazo.
Y poco a poco comenzamos a construir una forma de estar en el mundo.
A veces aprendemos a ser fuertes.
A veces aprendemos a callar.
A veces aprendemos a complacer.
A veces aprendemos a esforzarnos más de la cuenta.
No porque seamos así realmente.
Sino porque creemos que esa es la forma de seguir perteneciendo.
Y este proceso no termina en la infancia.
Seguimos adaptándonos en la adolescencia para encajar en determinados grupos.
Seguimos adaptándonos en el trabajo para sentirnos valorados.
Seguimos adaptándonos en nuestras relaciones para evitar conflictos o sentirnos queridos.
La adaptación es una capacidad extraordinaria.
Gracias a ella hemos sobrevivido.
Pero también es importante preguntarnos:
¿Cuánto de lo que hago hoy nace de quien realmente soy y cuánto nace de aquello que aprendí para sentirme aceptado?

