Nos han enseñado a perseguir objetivos.
A acumular conocimientos.
A producir.
A rendir.
A estar ocupados.
Pero pocas veces nos enseñan a estar presentes.
A disfrutar de una conversación.
A contemplar una puesta de sol.
A escuchar a quienes queremos.
A escucharnos a nosotros mismos.
Vivimos como si nuestro reloj tuviera tiempo infinito.
Como si siempre hubiera otro día para llamar a alguien.
Otro día para abrazar.
Otro día para agradecer.
Otro día para empezar a vivir como realmente queremos.
Pero ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo queda en su reloj de arena.
Y precisamente por eso cada instante tiene valor.
Quizá el éxito no sea llegar más lejos que nadie.
Quizá el éxito sea darse cuenta de la vida mientras la estamos viviendo.

