A finales del siglo XIX, Santiago Ramón y Cajal cambió para siempre nuestra comprensión del cerebro.
Demostró que estaba formado por miles de millones de neuronas individuales que, aunque parecían separadas, permanecían conectadas a través de una inmensa red de comunicación.
Siempre me ha parecido una metáfora preciosa de la vida.
A simple vista parecemos individuos independientes.
Cada uno con su historia.
Cada uno con sus alegrías.
Cada uno con sus heridas.
Pero nuestras vidas están profundamente conectadas.
Una conversación puede cambiar una vida.
Un libro puede abrir una puerta inesperada.
Una experiencia puede transformar nuestra forma de ver el mundo.
Una persona puede aparecer en el momento justo y encender una chispa que nos acompañe para siempre.
Cuando miro hacia atrás veo que mi propio camino ha estado lleno de esas conexiones.
Personas, experiencias, aprendizajes y lecturas que fueron dejando huella y que, de algún modo, me ayudaron a llegar hasta aquí.
Tal vez no estemos tan separados como creemos.
Tal vez formemos parte de una red mucho más grande de la que alcanzamos a comprender.

